ColorAma

Son muchos los artistas que han expiado o purificado sus males por vía del color. Juan Carlos Amador no es una excepción. Como buen pintor, asume la relación dialéctica del nombre que ha escogido para esta muestra. Colorama es abocarse al cromatismo que muchos consideran sinónimo de lo pictórico; medio al que decidió consagrarse, precisa- mente en medio de su dolor. A la manera de los expresionistas acude al más expresivo y lla- mativo elemento visual, tan capaz de contener los sentimientos, que sin embargo vuelca desprendidamente sobre el espectador. Es este un velorio kitsch de bombas y confeti, que hace de un ‘‘entierro’’ una fiesta, invitándonos a sentarnos a la generosa mesa del Arte y su capacidad de redención.

Reconociéndose en la pintura y en sus procesos, al igual que ella en su cualidad de objeto, Amador se piensa como un cúmulo de estratos que se superponen, se interrelacionan, se funden y confunden, cual metáfora del espíritu y sus padecimientos. En esta serie gestada durante un periodo de nueve meses, de obras que comienzan con marcas o con huellas de esténciles dejadas por el aerosol, que continúan con un andamiaje casi interminable de ve- laduras o de empastes de acrílico, rematadas o constituidas algunas de ellas por el añadido del collage, nos dice el artista que cada capa representa estados anímicos como la tristeza, la alegría y la soledad.

En una progresión a la inversa si pensamos en la historia de la pintura occidental, las prime- ras piezas son en su cualidad matérica más densas, convidándonos a mirar la superficie y no a través de esta –como lo hiciera Manet al perpetrar la revolución pictórica de la plana y ex- plícitamente bidimensional obra moderna– mientras que en las últimas reaparece la trans- parencia, aquella que explotaba el artista del Renacimiento al proponer que era el muro, la tabla o el lienzo una realidad paralela a la nuestra. Por otra parte, Amador incurre en un acto introspectivo que recuerda al Expresionismo abstracto y el proceder de algunos de sus pintores de acción. Acude a su entorno exterior, principalmente al vegetativo –como se ob- serva en las primeras pinturas que el propio artista vincula formalmente al puntillismo– para luego adentrarnos con las del segundo grupo en un mar de formas imaginadas; mi- croscopia de aquel paisaje o, por qué no, del que habita en su interior.

Este escenario variopinto de obras cuyo parecido es en su diversidad de temas, de técnicas y de referencias, cuanto menos repetitivo, alcanza el lenguaje universal que le confiere su variado e intenso colorido. De esta manera adquieren también las piezas de Colorama su poderío, pues al enfrentarnos a ellas dejan de ser el retrato espiritual de quien las hizo para ser igualmente reflejo de nosotros mismos.

Irene Esteves, PhD

Colorama N° 3 . Acrílico sobre lienzo 58” x 73”. 2018

Colorama N° 4 . Acrílico sobre lienzo 65” x 106” .  2018